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<p>La <b>cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la Alianza Atlántica</b>, convocada los días 7 y 8 de julio en Ankara, capital de Turquía, llegaba casi coincidiendo con la mitad del mandato del presidente de Estados Unidos, <b>Donald Trump, para confirmar las graves alteraciones que ha provocado su vuelta a la Casa Blanca</b> en enero de 2025 al incidir sobre la panorámica internacional, donde las relaciones entre Washington y la Unión Europea, consideradas hasta ahora un parámetro fijo, acusan gravísimas alteraciones y registran inestabilidades e incluso agotamiento.</p><p>Los berrinches sin sentido de Trump han sido un generador de incertidumbres desconcertantes ante el rol que ha de desempeñar la UE, ante la reacción individual que corresponde a los países conminados al aumento de su gasto en Defensa y ante las nuevas amenazas surgidas de la denominada guerra híbrida enmarcada por la doctrina Gerasimov, que desborda el área estrictamente militar y pretende menoscabar las democracias mediante ataques directos a los valores que las cimentan y les dan sentido. Pero, sobre todo,<b> ha vuelto a quedar claro en el encuentro de Ankara que ahora el mayor desafío para la OTAN no proviene de sus adversarios, sino de Estados Unidos, </b>que fue su promotor y su líder indiscutido.</p><p>Por eso, sus debates deberían haberse centrado menos en las capacidades militares y más en <b>revitalizar la filosofía estratégica fundacional de la alianza, cuyo centro de gravedad tenía como referencia la legitimidad democrática, los derechos humanos y el Estado de derecho</b>. Porque el desafío mayor al que se enfrenta la OTAN ha dejado de ser el de Rusia o China, una vez advertido que sus miembros ya no comparten una comprensión coherente de los valores, el orden económico, la visión geopolítica y los principios legales que se comprometían a defender para los que, en definitiva, fue creada la Alianza.</p><p>Sucede, como apuntó el teniente general Fernando López del Pozo, director general de Política de Defensa, que la forma de gobernar de Trump tiende, sobre todo, a favorecer impactos que capten la atención, lo cual exige, según la ley de Weber y Fêcner, que para lograr un crecimiento en progresión aritmética de las sensaciones, los estímulos que hayan de suministrarse deban aumentar en progresión geométrica y así se abandone intento alguno de generar una racionalidad constructiva a medio o largo plazo. Don Quijote advertía a su escudero: «Calla, Sancho, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza». <b>Pero esa continua mudanza, que la guerra de Ucrania nos está dejando ver, está marcada por la aceleración, que identifica la etapa histórica presente y nos muestra una manera concreta de relacionarse con el tiempo cronológico</b>. Porque el incremento de la velocidad determina hoy el funcionamiento de la economía, la política, las relaciones sociales, nos define a nosotros mismos como grupo y como individuos e influye en la manera en que nos relacionamos como personas, pero también en cómo lo hacen entre sí los países y las instituciones.</p><p>Como escribió un amigo periodista, <b>todo ocurre a gran velocidad y un acontecimiento enseguida es sustituido, casi engullido, por el siguiente</b> sin que transcurra un tiempo intermedio que permita su asimilación. A Trump le acabarán parando los que sientan agredida su dignidad. Atentos.</p>