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<p>Fear of Missing Out (FOMO). Cuatro siglas que parecen albergar el zeitgeist: el espíritu de nuestra época. Miedo a perderse. Miedo a no estar. Miedo a quedar fuera de juego. Ansiedad porque otros vivan por encima de nuestras posibilidades materiales, y no me refiero únicamente a la parte pecuniaria, sino también temporal. Falta tiempo físico para llegar a todo. Aunque no pocos cabezones lo intentan. Sin embargo, no hay mal que cien años dure, ni mal que por bien no venga. El FOMO ha sumido a muchos en un estrés que hierve el cuero cabelludo. Lo mismo que ha empujado a otros tantos a salir de sus conformidades, de sus prejuicios y manías. <strong>Entre ellas, la presunción esnobista, cuando no latosa o viejuna, de la música clásica.</strong></p><p>Qué ironía. En un mundo que anda perdiendo, como dice Johann Hari, el superpoder de la concentración a base de atracones de kryptonita tecnológica e hiperestimulación, la música clásica —quizás de las más exigentes, de las que más demandan, in situ, una mirada centrada bañada solo en el agua del sonido— recibe un plus de atención.</p><p>Hay quien dirá que esto solo corresponde a una parte concreta y superflua de la oferta. Y es cierto que <a href="https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2026-01-30/concierto-velas-senor-de-los-anillos-1tna-1qrt_4294044/" target="_self">espectáculos como el Candlelight, celebrado en el Círculo de Bellas Artes o en el Hotel Wellington de Madrid</a>, donde las composiciones de Ludovico Einaudi o Hans Zimmer se interpretan en una sala colmada de velitas, como si fuese ‘La bella y la bestia’, atraen a un gran público. Algo que encarna un poco ese enfoque empalagoso, de “azucarado saturadísimo”, del que hablaba el escritor Josep Pla.</p><p><a class="related-link" href="https://www.elconfidencial.com/cultura/2026-03-06/harnoncourt-wagner-graz-styriarte-1hms_4313541/"><img class="img-related-preview" src="https://www.ecestaticos.com/imagestatic/clipping/091/e29/091e2994532c8861cdbdfa8e344b7fb0/cuando-harnoncourt-encontro-y-tuteo-a-wagner.jpg?mtime=1772638435" width="483" height="271"><h3 class="title-related">Cuando Harnoncourt encontró (y tuteó) a Wagner</h3>Rubén Amón <div class="text-related">Sony rescata la única grabación en que el maestro berlinés abordó al compositor colosal, lo hizo en 1999 encajonándolo entre Mendelssohn y Schumann, y no volvió a repetirlo</div></a></p><p>Se trata de otro de los efectos de la llamada ‘disneyficación’, término acuñado por el profesor universitario Peter K. Fallon, donde la esencia de ‘algo’ queda sustituida por una versión más ‘espectacular’, en especial visualmente, atomizando buena parte de su complejidad. Reduciendo el sujeto, en definitiva, a una <strong>expresión más comercializable y brillante de fachada.</strong></p><p>Escenarios tradicionales, sin embargo, de la clásica en la capital, como el Teatro Real, el Palacio Real, el Ateneo, la Fundación Juan March <a href="https://www.elconfidencial.com/espana/madrid/2024-03-16/garcia-de-paredes-el-centenario-del-arquitecto-luthier_3848791/" target="_self">o, por supuesto, el Auditorio Nacional,</a> también han visto sus butacas colmadas con una renovada emoción. De hecho, según el informe ‘Classical Pulse 2026: Perspectivas de consumo de la música clásica’,<strong> las generaciones más jóvenes están encabezando la asistencia a conciertos de música clásica</strong>, superando a los grupos de mayor edad. El estudio, que analiza diez países —entre ellos España—, destaca que 9 de cada 10 españoles menores de 45 años que han asistido alguna vez a un concierto de música clásica también lo hicieron durante el último año.</p><p>Así lo contempla el pianista, también director artístico y gerente de la prestigiosa Fundación Scherzo, <strong>Eduardo Frías</strong>, quien atiende a este cronista en la cafetería del Auditorio Nacional, con una visión muy clara del panorama actual. Con mirada directa y ojos azul antillano, el músico y director, quien lleva solo tres años en la flota de mando de Scherzo, recuerda que cuando entró en 2023 la situación de la fundación era límite: “Entré en julio y para diciembre la fundación cerraba.<strong> Encontré una grave falta de visibilidad: estábamos en la décima página de Google</strong>, la web desactualizada y las redes sociales eran inexistentes. La gente no sabía lo que hacíamos”.</p><p>Las generaciones más jóvenes están encabezando la asistencia a conciertos de música clásica, superando a los grupos de mayor edad</p><p>Lo malo del espectro positivo del FOMO es que necesita exhibicionismo para ser invocado. Este síndrome es un auténtico voyeur, y si se lo quiere atraer hay que lucirse, mucho y bien, para rentabilizar sus caprichos. <strong>“Empezamos por ordenar la casa: actualizar información, contactos y artistas, y nos adaptamos a los tiempos”</strong>, continúa Frías. “No puedes confiar solo en el nombre para llenar; hoy hay que trabajar el marketing digital y entender que la forma en que el público compra entradas ha cambiado. <a href="https://www.elconfidencial.com/tags/otros/musica-clasica-8238/" target="_self">Gracias a esto, hemos logrado un 25-30% más de asistencia</a>”, presume el director artístico.</p><p>Estas cifras, en cosa de tres años, no son moco de pavo. Porque la propuesta de Scherzo no es un tentempié musical pop. Nada de melodías «nocilla». “La música clásica es exigente, igual que la buena lectura; requiere atención y esfuerzo”, asegura Eduardo Frías. “Parte de esa ‘exclusividad’ que se le presume viene de ahí, pero es un error usar eso para elitismos. Por otro lado, hacer la música accesible no significa disfrazarse”, prosigue el pianista, “tocar en vaqueros o regalar las entradas, porque eso infravalora el esfuerzo del artista y perjudica nuestra sostenibilidad, ya que <strong>no tenemos subvenciones y vivimos de la taquilla</strong>”.</p><p>El alunizaje en el mainstream de enfoques como el del último disco de Rosalía, sin duda, ha escurrido en los oídos de muchos neófitos, e incluso detractores, las ecuaciones de la música barroca o romántica. Lo que Wagner llamó el Gesamtkunstwerk (obra de arte total), <a href="https://www.elconfidencial.com/cultura/2022-02-08/wagner-comics-superheroes-madonna-sujetador_3368543/" target="_self">con ejemplos como su ópera ‘El anillo del nibelungo’ </a>de casi dieciséis horas de duración —ríase uno de la excursión scouting de Frodo y Sam a Mordor—, todavía exige unas tragaderas de altura y unas nalgas-carpeta bien trabajadas. Pero un proselitismo indirecto de los clásicos en la música de masas es algo bien recibido: “que estas figuras <a href="https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2025-06-13/musica-clasica-plantas-estudio-ciencia-plantas-1qrt_4150173/" target="_self">acerquen el barroco o a Bach al público general</a>, aunque sea de forma superficial, me parece un éxito”, concluye Frías. “Si eso sirve de puerta de entrada, fantástico; luego el espectador ya se informará más si le interesa”.</p><p><a class="related-link" href="https://www.elconfidencial.com/cultura/2026-03-06/harnoncourt-wagner-graz-styriarte-1hms_4313541/"><img class="img-related-preview" src="https://www.ecestaticos.com/imagestatic/clipping/091/e29/091e2994532c8861cdbdfa8e344b7fb0/cuando-harnoncourt-encontro-y-tuteo-a-wagner.jpg?mtime=1772638435" width="483" height="271"><h3 class="title-related">Cuando Harnoncourt encontró (y tuteó) a Wagner</h3>Rubén Amón <div class="text-related">Sony rescata la única grabación en que el maestro berlinés abordó al compositor colosal, lo hizo en 1999 encajonándolo entre Mendelssohn y Schumann, y no volvió a repetirlo</div></a></p><p>Poco después de concluir la entrevista con el director artístico de la Fundación Scherzo, la pianista <strong>Eva Gevorgyan</strong>, de tan solo veintidós años, se dispone a ocupar el centro del Auditorio Nacional a las riendas de un gran piano de cola. La joven prodigio ruso-armenia ha acudido a Madrid a interpretar composiciones de César Franck o Rajmáninov. Con puntualidad de tren británico, el concierto da el pistoletazo de salida a la hora prevista…</p><p>Aquí un pequeño consejo para procrastinadores u optimistas confiados: mejor no cantearse. En el Auditorio Nacional no vale eso de "tenía que ir al baño". Si las puertas se cierran, la entrada a la sala queda blindada como el Octubre Rojo. Ni con argumentos de sofista inspirado puede uno tumbar la firmeza de kaláshnikov de los acomodadores. Así, hasta que no avance el programa y los aplausos tiñan de ruido la estruendosa apertura de las puertas de acceso, la clausura es innegociable.</p><p>Mientras las gotas caen como monedas en Madrid, Eva Gevorgyan pone banda sonora al denso salivazo de Dios que se estrella contra la vidriera del auditorio. Unos altavoces permiten a los despistados escuchar el concierto aún sin verlo, en los aledaños de la sala principal. Un lugar idílico para deshacerse del prejuicio de monopolio jubileta del Auditorio Nacional, confirmando los resultados del informe ‘Classical Pulse 2026’. La demografía es bastante variada.<strong> Y si bien la media de edad supera la cuarentena, no son pocas las caras lozanas que acuden entusiasmadas a la cita.</strong></p>Nuevo público<p>Esperando la reapertura de las puertas, un joven vestido de chándal, de unos dieciocho años, ojea el prospecto con un interés inverosímil visto que más parece un agente trapero. Un fanático gangsta. Y quizás lo sea, oye. Contra la mala intuición y el prejuicio, <a href="https://www.elconfidencial.com/cultura/2023-04-14/yung-beef-trap-tangana_3611168/" target="_self">no es óbice ser fan de Yung Beef y acudir al Auditorio Nacional a maravillarse </a>con un talento al piano marciano, de otro mundo, como es el de Gevorgyan.</p><p>Hablando de talento, aquí otra recomendación. Cuando alguno de sus amigos farde de las altas capacidades de sus hijos, de sus mentes siderales, privilegiadas, tráiganlos al Auditorio Nacional. Póngalos cara a cara frente a los intérpretes pospúberes, con la edad legal para beber en Estados Unidos recién adquirida, y que ellos juzguen si no están un poco subiditos con las dotes de sus vástagos. <strong>Es un genial ejercicio de humildad</strong>.</p><p>Llegado el momento del vitoreo, los bedeles indican que aquellos tardones desperdigados por los alrededores de las puertas ya pueden entrar. La sala, completa en un ochenta por ciento, impone una seriedad teatral, en el más respetuoso de los sentidos. Con una melena que se confunde con la cola de su vestido, Eva Gevorgyan se arranca de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos, Gevorgyan se diría poseída, acariciando y <a href="https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-01-25/asi-transforma-la-musica-tu-cerebro-y-ralentiza-tu-envejecimiento_4048974/" target="_self">peleándose con las teclas del piano que parecen devolverle los golpes a modo de reto</a>. La intérprete se estruja, se deja llevar, como en un orgasmo, al ritmo de sus propios instintos. <strong>Es hipnótico y embriagador</strong>. Emocionante, sin ese pornográfico sentimentalismo que alcanza la vulgaridad por medio de la afectación.</p><p><a class="related-link" href="https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-02-28/piano-extasis-pires-kissin_4074624/"><img class="img-related-preview" src="https://www.ecestaticos.com/imagestatic/clipping/257/173/257173cc1c4bc6904855ca735f33f468/el-piano-alcanza-el-extasis-con-la-pires-y-kissin.jpg?mtime=1740656858" width="483" height="271"><h3 class="title-related">El piano alcanza el éxtasis con la Pires y Kissin</h3>Rubén Amón<div class="text-related">En la senda de Sokolov, el Auditorio Nacional acoge y aloja los recitales de la octogenaria intérprete lusa (Mozart, Schubert) y el monstruo moscovita (Chopin, Shostakovich)</div></a></p><p>Bien es cierto que esta afición por la música clásica en directo padece un hándicap. A diferencia de otras citas musicales, cualquier sonido de los asistentes es susceptible de tocar las narices. Por eso la música clásica tolera mal a los mocordones, a esos "revuelve flemas" que hacen vibrar la medusa de mucina en sus gargantas con sonidos guturales y andan con el kleenex siempre en ristre como una pistola. De casa, hubiera de decir un cartel a la entrada, se viene expectorado. Eso sin contar con los espabilados capaces de meter a un niño de poco más de cuatro años en la sala.</p><p>La llantina, lógica por parte del infante, no lo es tanto porque sus progenitores sean tan generosos de compartirla con los presentes, más que importunando, jodiendo a espectadores y, en especial, a la intérprete. Cómo son. Afortunadamente, la profesionalidad de Gevorgyan no queda en entredicho por la distrayente aria de berridos infantiles o las hordas trompeteras. <strong>La ruso-armenia, haciendo gala de prodigio, culmina con perfección olímpica su concierto.</strong></p><p>El primero de muchos que se irán dando cita en el Auditorio Nacional los próximos meses, y que brindarán en Madrid la oportunidad de satisfacer la curiosidad renovada por el género. Como asegura, a modo de colofón, Eduardo Frías, de la Fundación Scherzo: “La temperatura cultural en Madrid es altísima. El Auditorio Nacional está sobreprogramado y <strong>se compite con los mejores ciclos y orquestas del mundo</strong>. Es un entorno muy exigente, pero estimulante, que nos obliga a todos a mejorar constantemente y a hacer las cosas mucho mejor”.</p><img src="https://sb.scorecardresearch.com/b?c1=2&c2=7215267&ns__t=1777089445&ns_c=UTF-8&c8=Espa%C3%B1a&c7=https%3A%2F%2Frss.elconfidencial.com%2Fespana%2F&c9=https%3A%2F%2Fwww.elconfidencial.com%2F" width="1" height="1">